Alberto Penadés
En la noche de los tiempos democráticos, hace unos cien años, las listas abiertas se inventaron como un reducto conservador para que los antiguos notables hicieran valer sus apellidos en la competición electoral. Los conservadores muchas veces fueron reacios a abandonar el sistema mayoritario, de voto nominal en distritos de un escaño (o de pocos escaños) incluso cuando tenÃan todas las de perder,  porque creÃan que competir con los partidos de masas en sus propios términos era todavÃa peor. Los partidos de masas, sobre todo socialistas, pero también católicos, cuando defendieron el voto de lista (casi siempre) solÃan preferir que fuera cerrada y bloqueada, para hacer prevalecer la marca de los partidos sobre los nombres de persona, la ideologÃa sobre los favores, la organización sobre la clientela. Asà sucedió en lugares tan dispares como Finlandia o Italia: en paÃses como estos las listas abiertas (que permiten votar a candidatos de distintos partidos) y el voto de preferencia (que permite votar por candidatos dentro de la lista de un único partido) fueron compromisos institucionales en esa encrucijada.