Barañain
El fin del régimen de Gadafi y la celebración de elecciones en Túnez son un buen pretexto para hacer balance –siquiera provisional- de la llamada “primavera árabe†y para sacar algunas conclusiones de lo que está ocurriendo. De entrada, hay que reconocer que la caÃda de tres veteranos dictadores (en Túnez, Egipto y Libia) es ya un balance muy positivo, inimaginable hace apenas unos meses. Pero, aunque sea prematuro cualquier juicio crÃtico, no puede ocultarse una cierta inquietud –y quizá decepción-, por el cariz que las cosas van tomando en los distintos paÃses afectados, y su distancia respecto a la imagen que se proyectaba al comienzo de la revuelta.Â
 Quizá lo que haya que reconsiderar sean nuestras expectativas, a partir de una percepción más realista sobre los agentes del cambio. En Occidente parece haber amainado el entusiasmo con que se recibió una movilización popular –sin precedentes desde luego-, liderada supuestamente por una generación de jóvenes instruidos pero sin futuro que, ajena al islamismo militante y armada sólo de sus móviles y redes sociales, deseaba alcanzar una mÃnima modernidad para sus atávicas sociedades. Esa era al menos la imagen dominante en esa especie de sociologÃa árabe de urgencia que machaconamente se nos transmitió.