Aitor Riveiro
Desde pequeño la información meteorológica ha tenido una relevancia especial para mÃ. Quizá el único momento del dÃa en el que en la cocina de la casa de mis abuelos se guardaba un silencio sepulcral era después del “parteâ€, cuando aparecÃa en Televisión (sólo habÃa una, aún hoy lo parece) “El Hombre del Tiempoâ€. Recuerdo aquellas larguÃsimas previsiones que abarcaban varios dÃas, informaban de los vientos con todo lujo de detalles y de las inimaginables, aún hoy para mÃ, olas de 5 a 7 metros, la marejadilla, la mar gruesa,… y el sempiterno Anticiclón de las Azores, que sigo sin saber qué demonios es.
Durante los larguÃsimos veranos de la infancia que pasé allÃ, Maldonado y Montesdeoca ayudaban a mi familia en sus labores diarias. Si al dÃa siguiente iba a lucir el sol tocaba segar o, si la hierba ya estaba seca, empezar a empacar; si llovÃa, lo mejor era aprovechar la jornada para arreglar las uñas de los animales, inseminar alguna vaca,… El buen tiempo no significaba entonces lo mismo que hoy, porque un dÃa lluvioso de mediados de julio podÃa devenir en un divertidÃsimo paseo en tractor por un campo embarrado (paseo para mÃ, que para mi tÃo era un curro).
Mis recuerdos de entonces son difusos, pero me ha quedado la manÃa de prestar atención a la información meteorológica, aunque sea de forma inconsciente. Quiero decir que no la escucho, pero la oigo, y que cuando “el (o la) del tiempo†dice algo que desentona, yo lo proceso. Por ejemplo, el domingo pasado, justo cuando salÃa de casa, con las llaves en la mano y la chaqueta a medio poner, a mitad de camino de la puerta, “la del tiempo†de TVE (¿existe otro?) dijo que el invierno “se habÃa instalado definitivamente†en España. Con dos meses de antelación, ni más ni menos.