Cartas Fiñolesas (1)

Frans van den Broek 

 

I

 

A mi heredad genética y cultural mestiza, en la que confluyen vaya uno a saber cuántas sangres y legados –dado que ni el europeo más ‘puro’ ni el indio más ‘auténtico’ dejan de ser a su vez otras tantas mezclas sobre mezclas-, puedo añadir el hecho de tener una hija finlandesa y afincada en Finlandia, cuya madre es originaria de aquel bello país. La madre, faltaba más, es también una mezcla de ancestros suecos y fineses, y hasta hay un lejano ancestro holandés perdido por allí entre los bosques y los lagos en busca de fortuna y de mujeres, abundantes estas últimas tras las guerras y pobrezas que decimaron a los hombres en el pasado. Y no me extrañaría que alguna gota de sangre eslava se haya colado en sus venas, tras tantos años de dominio ruso, aunque no puedo aseverarlo. No me pregunte el respetable cómo es que llegué a hacerme padre de una adorable finesa, hoy de 11 años, pues tendría que acudir a los viejos conceptos del azar y la necesidad, sin saber en realidad dónde aplicarlos ni por qué. Si menciono este hecho es sólo para indicar la razón de mi interés por Finlandia y de que visite el país con bastante regularidad, cada tres o cuatro meses, y de que, a raíz de este contacto, haya llegado a saber algo de su historia y de sus gentes. Lo menciono, además, como una prueba más de la fragilidad de las identidades nacionales en el mundo globalizado de hoy en día, prueba modesta tal vez, pero simbólica en alguna medida del mundo que se aviene, y como una acotación al margen sobre la obsolescencia relativa de las identidades étnicas, las cuales me parecen cada vez más ficticias, cuando no francamente absurdas. Si le preguntaran a mi hija, como hicieron conmigo al llegar a Holanda –por primera, pero no última vez en mi vida- a qué categoría étnica se considera perteneciente, me temo que o bien tendría que apelar a muchos guiones o paréntesis, o a muchas horas de terapia. Claro está, ella se siente finlandesa, por la sencilla razón de que esa es su patria y allí transcurre su vida, pero los idólatras de las tribus jamás se contentan con ello. Y en su propia patria hay lealtades divididas, entre la comunidad finlandesa mayoritaria y la minoría de habla sueca. Pero sobre esto hablaré en otra ocasión. 

 

Sigue leyendo