Lope Agirre
Hace cincuenta años, dÃa más o dÃa menos, que se nos murió Boris Vian. Fue en junio, en Paris, no sabemos si con sol o con aguacero. No acostumbra a ser el mes más frÃo, pero tampoco aprieta demasiado el calor. Entra un poco de humedad desde el rÃo; ablanda y enternece los huesos, sin que los moje de verdad. Dicen que era poeta, pero yo digo, utilizando el tono solemne de Gabriel Aresti, que un poeta no tiene edad, aunque pueda tener dignidad y apropiarse de gobierno, y que siempre será lo que fue. Nunca muere el poeta: asunto distinto es saber si de verdad vive, fuera del reino de las palabras. Sin embargo vivimos el recuerdo, y el recuerdo nos vive y alimenta; cada segundo que sucede él también es más anciano. Pero no lo conocemos; y él, hablo del recuerdo, a veces, nos ignora. La lucha más terrible que entablamos durante la existencia es contra el olvido. Boris Vian lo vio demasiado claro; inventó la maquina de olvidar.