Frans van den Broek
De cuando en cuando el lenguaje cientÃfico le da oportunidad al lego de ampliar su vocabulario y, con suerte, de parecer inteligente o al menos informado, en un proceso que involucra a los medios de comunicación en no poca medida, pero también al propio mundo académico y al estamento intelectual en su conjunto. Este fenómeno es natural y no tiene por qué lamentarse, si no fuera porque suele también resultar en degeneraciones semánticas (¿nota el lector a lo que me refiero? Hasta llegado el siglo veinte a nadie se le hubiera ocurrido utilizar la palabra “semántico†de manera tan comodona) o en simples caricaturas que más confunden que aclaran. Que una palabra se añada a nuestro acerbo léxico tiene que agradecerse, si es que contribuye a una mejor precisión expresiva y conceptual, pero lo contrario es más bien el caso. Veamos un par de ejemplos de ello, convocados más o menos al azar. Debo indicar que no me circunscribo a la lengua castellana tan solo, pues si este fenómeno está presente en nuestro idioma, lo está de manera aún más curiosa en el de la pérfida Albión. A fin de cuentas, no es que los pueblos hispanohablantes se hayan distinguido demasiado por sus contribuciones cientÃficas.