A destiempo

Lobisón

Desde su fundación en 1948, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), de Naciones Unidas, ha sido no sólo una fuente fundamental de información sobre la marcha de las economías y sociedades de la región sino también un importante semillero de ideas. La muerte de su primer director ejecutivo, Raúl Prebisch, se produjo en 1986, en plena crisis de la deuda, y en el contexto del nuevo ‘consenso de Washington’ muchos se apresuraron a enterrar también las ideas cepalinas.

Quizá hemos alcanzado ya el momento en que sea posible hacer un balance más equilibrado de lo que supuso la fase de crecimiento hacia adentro de América Latina que se cerró con la crisis de los años ochenta. Pero ya existe una evidencia: ni siquiera en los momentos actuales, tras el crecimiento en volumen y valor de las exportaciones latinoamericanas, se han recuperado las tasas de crecimiento de la posguerra. Y un consenso creciente: sin un Estado mejor y más fuerte no será posible superar los obstáculos estructurales al crecimiento de la región.

Entre esos obstáculos quizá el principal sea la desigualdad. Al mismo tiempo, una combinación de crecimiento económico —inducido por la demanda china de materias primas—, de gestión prudente de la economía —consecuencia de las lecciones de los ochenta y del impacto de las crisis mexicana y asiática en los noventa— y de políticas sociales ha permitido reducir significativamente la pobreza y marginalmente la desigualdad en la región.

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