AntesalaÂ
Si uno tiene la suerte de visitar Machu Pichu camuflado entre un grupo de visitantes de algún paÃs de Latinoamérica y es capaz de reprimir su deseo de dirigirse al guÃa, para evitar que su acento le delate como español, asistirá a una descripción de la historia diferente a la que escucharÃa cualquier grupo de compatriotas que visitara el lugar. Para evitar enfrentarse a la posible susceptibilidad del turista llegado de la madre patria, en el discurso que escucharán se habrán omitido de forma selectiva las referencias a la esclavitud y servidumbre a la que estuvieron sujetos los indÃgenas, el exterminio de pueblos nativos que se resistieron a la ocupación, asà como el expolio generalizado al que la Corona española sometió al Nuevo Mundo.Â
Quizás sea una exageración manifestar que todas las calles de las ciudades de América del Sur podrÃan haberse cubierto con el oro y la plata que los españoles extrajeron de sus minas, pero la cantidad de metales preciosos que llegaron a los puertos de Cádiz y Sevilla procedentes de las canteras de las Indias Occidentales, arrancados de la tierra por los nativos en condiciones de esclavitud, fue suficiente como para generar una inflación de base monetaria en Europa durante al menos dos siglos. Quizás no se orquestaron exterminios de pueblos indÃgenas desde la metrópoli, pero tampoco fueron infrecuentes las matanzas indiscriminadas para sofocar sublevaciones o eliminar la resistencia a la ocupación. Y es un hecho fuera de discusión que la colonización supuso una destrucción de las estructuras sociales, de los usos culturales y de las prácticas religiosas locales, para ser reemplazadas por las de la potencia ocupante.