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España no tiene ya que vigilar sus fronteras terrestres.
Históricamente, la frontera ha sido muchas cosas: lÃmite de demarcación del poder soberano del Estado, lÃnea de defensa, fuente de negocios legales e ilegales, casus belli.
Las rayas que delimitaron lo que hoy es España se han ido moviendo a lo largo de los siglos en todas direcciones, dando origen a algún caso curioso, como el de Llivia (Gerona), un exclave español en territorio francés: la Paz de los Pirineos (1659) habÃa otrogado a Francia todos los pueblos del Vallespir, el Capcir, el Conflent, el Rosellón y la Alta Cerdaña, pero no se cedió Llivia porque no era un pueblo, sino una villa. (Si a estas alturas alguien necesitase todavÃa una ilustración sobre lo arbitrario que resulta el negocio éste de las fronteras, el caso de Llivia sirve que ni pintiparado). Â