Millán Gómez
No entiendo el revuelo montado ante los ya habituales silbidos y gritos contrarios al presidente del Gobierno, José Luis RodrÃguez Zapatero, cada 12 de octubre cuando se celebra el tradicional desfile militar. A esta “fiesta†puede ir quien quiera y si se juntan varios talibanes con un fin más o menos premeditado pues pasa algo similar a lo del pasado martes. Nadie parece darse cuenta de que los que silban, aún siendo una minorÃa absoluta, se convierten en mayorÃa pues hacen ruido. Obviamente quienes guardan un respetuoso silencio no son protagonistas. Cuanta más cobertura se le ofrezca a estos sujetos más ganas tendrán de repetir su papel anual como boicoteadores de una supuesta fiesta con dudoso fundamento.
A buen seguro, si la actitud de estos individuos no apareciese en los medios de comunicación cada mes de octubre cesarÃan en su actividad, y digo actividad pues ya hay que tener poca vida social, familiar y laboral como para consumir un dÃa de asueto en una jornada de crispación y boicot. Mal que les pese, Zapatero, tras este 12 de octubre, no está ni más lejos ni más cerca de perder La Moncloa. Está exactamente a la misma distancia que antes. Llama poderosamente la atención la facilidad con que estos personajes se convierten en protagonistas de la actualidad informativa e incluso héroes para alguna cadena de talante tibiamente democrático que exige en plena emisión en directo a su propio equipo de realización, desconociendo que estaban con el micrófono abierto, que emitan los abucheos. Hay que reconocer que han tenido su dÃa de gloria. Cada uno tiene sus aficiones, como se puede comprobar, pero ¡qué triste son las de algunos!