Fracaso escolar administrativo

José S. Martínez

En España tenemos CCAA con excelentes resultados en rendimiento educativo, como sucede en Castilla y León, en pruebas internacionales (como PISA), pero en la que el fracaso escolar está en torno al 20%. Los resultados españoles en este tipo de pruebas de rendimiento son ligeramente inferiores a la media internacional; sin embargo, nuestras tasas de fracaso escolar son del doble. Además, debe tenerse en cuenta que en nuestro país, el porcentaje de estudiantes con muy bajo nivel en estas pruebas es menor que el de la comparación internacional ¿Cómo es posible llegar a una situación tan absurda en la que nuestros estudiantes sin ser mucho peores fracasan mucho más?

Para dar respuesta a esta pregunta podemos comparar la información disponible sobre fracaso escolar y rendimiento educativo de las distintas comunidades autónomas, como ha hecho recientemente Julio Carabaña, o comparar los resultados de España con los de otros países. Carabaña ha comprobado que en España hay poca relación entre el nivel de competencias del alumnado en pruebas como las de PISA y la tasa de fracaso escolar. El fracaso escolar es bajo en el País Vasco, pero no debido al nivel de competencias de sus alumnos, que es medio, sino debido al bajo nivel de exigencia. Este investigador estima que son necesarios 416 puntos para obtener el título de ESO en dicha comunidad, mientras que en La Rioja son necesarios 474 puntos (con datos de PISA 2006, pero no cambian mucho con los datos más recientes). En el Gráfico 1 puede observar la relación entre el fracaso escolar, según lo definen las autoridades educativas de las CCAA y según el nivel de fracaso en PISA (el porcentaje de jóvenes con resultados muy bajos en PISA). Observe cómo con el mismo nivel de fracaso escolar según PISA, el fracaso escolar administrativo es mucho mayor en La Rioja que en Asturias o en el País Vasco.
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El miedo de los autores

Lobisón 

En 1978 Kaka de Luxe, el grupo seminal de la movida madrileña, cantaba con entusiasmo: ‘Pero qué público tan tonto tengo, pero qué público tan anormal’. Independientemente de lo acertado o no del diagnóstico, aquello sonaba como una provocación. Cuarenta y pico años después, se ha formado en España un coro de autores y creadores, movidos no por el afán de provocar, sino por una profunda convicción moral, que repiten a cada paso: ‘Pero qué público tan ladrón tenemos, pero qué público tan ilegal’.

No sólo eso, sino que olvidando la pose expresiva del ethos creador, a menudo se calientan y dejan claro que ellos sólo están en esto por el dinero. No parece un buen ejercicio de relaciones públicas, y en la mayor parte de los casos probablemente no se ajusta a la verdad. ¿Cómo hemos llegado a esto? Por el miedo, claro, por ese miedo obsesivo que percibió Amador F. Savater en su cena en el Ministerio de Cultura. El problema podría ser que los autores han sido secuestrados por los editores y distribuidores y son víctimas del famoso síndrome de Estocolmo.

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Semillas de rencor

Sicilia

En la segunda mitad de la década de los 90, John Singleton, director negro americano de cine independiente, describió en la película del mismo título de este artículo, cómo la exclusión o vulnerabilidad social hacía presa fácil a algunas personalidades de ideologías simplistas y extremas, pudiendo transformar a jóvenes aparentemente normales en víctimas y simultáneamente, en instrumentos del odio racial. En los Estados Unidos son más constantes las consideraciones acerca del equilibrio delicado que hay que mantener en una sociedad con gente proveniente de diferentes etnias o culturas. Se les atribuye pues, cierto tiento a la hora de manejar potenciales conflictos.

Sin embargo, la realidad se giró para morder en  la tragedia de Tucson del pasado fin de semana. No es la primera vez que en Estados Unidos experimentan situaciones similares, no es la primera vez que un perturbado armado carga contra una multitud. En los últimos cuatro o cinco años, sin escarbar demasiado en las hemerotecas, puede recordarse la matanza perpetrada por un  soldado médico de origen árabe en Fort Hood, o la masacre causada por un estudiante de origen coreano en la universidad donde estudiaba. Remontándonos algo más en el tiempo, Timothy Mc Veigh voló en Oklahoma un edificio federal en los 90 causando en torno al centenar de víctimas.

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Más de lo mismo

Millán Gómez

La banda terrorista eta ha anunciado esta semana un «alto el fuego permanente, general y verificable». La respuesta de las fuerzas polí­ticas ha sido de cautela exigiendo a los terroristas su disolución en el menor espacio de tiempo posible. Como bien dijo el Ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, «no es la noticia» que todos deseábamos pero es evidente que es un paso positivo, un paso más en el proceso que debería terminar más pronto que tarde en el final de la mayor pesadilla que ha vivido la sociedad española en las últimas décadas.

La principal novedad es el modo con el que han recibido la noticia tanto los medios de comunicación como la opinión pública. Podemos decir que el comunicado, si bien no ha pasado desapercibida, no ha centrado ni mucho menos la atención mediática durante estos días, lo cual es sintomático. Al día siguiente, los digitales apenas otorgaban espacio al enésimo anuncio de eta. La conclusión evidente es que la sociedad española ha eliminado cualquier atisbo de credibilidad a los terroristas y ha decidido que el mejor medio para conseguir la paz es el Estado de Derecho. A partir de ahí, podremos discutir sobre si deben realizarse medidas de gracia, conversaciones más o menos profundas, etcétera. Pero en principio actuar con total firmeza contra eta y su entramado político y social. No en vano, al día siguiente volvimos a presenciar un nuevo golpe al complejo conglomerado etarra. Este hecho está cargado de un poderoso componente simbólico que sintetiza que tanto el Gobierno como las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado no están en tregua sino que muestran tajantemente cuán de estricta va a ser su labor en los próximos tiempos. Ninguna novedad en este aspecto. Ningún titubeo.

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El pilar derruido

Frans van den Broek

A comienzos de la década pasada, cuando trabajaba para una organización de ayuda a extranjeros en Holanda, tuve oportunidad de preguntarme por primera vez de manera profesional cuál era la mejor manera de ayudar a la integración de los habitantes procedentes de otras culturas. Con anterioridad había experimentado el problema de modo personal, como simple extranjero tratando de encontrar un lugar en la sociedad que me acogía. Después de haber vivido en España unos años, esto resultaba una novedad para mí, pues aunque España no era mi país, la integración para un sudamericano era entonces relativamente fácil, y aún no se publicaban aquellos anuncios de oferta de pisos en los que se especifica: “sudamericanos abstenerse”. Ni había tantos extranjeros, por supuesto (hablo de la segunda mitad de los ochenta). Y aunque el acento delata, el idioma es común, lo que ayuda mucho. Al contrario, siempre me sentí muy bien acogido en España, y si de algo debo quejarme, es de mi estupidez para no haber hecho mejor uso de dicha hospitalidad y haberla agradecido lo suficiente.

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Democracia y tecnocracia

Ricardo Parellada 

En las últimas semanas parece haber salido un mensaje muy curioso de los aledaños del gobierno: como damos por perdidas las próximas elecciones generales, podemos llevar a cabo con toda determinación las políticas que consideramos más convenientes para España, con independencia de que la opinión pública lo comprenda bien o no. Al estar hundidos en las encuestas y dar por perdida la posibilidad de seguir gobernando tras las próximas elecciones, el gobierno, paradójicamente, experimenta una cierta liberación del día a día, las encuestas y la opinión y puede dedicarse plenamente a gobernar.

 Se trata de un fenómeno parecido a lo que cuentan que ocurre en EEUU y otros países con limitación de mandatos presidenciales: los dos primeros años se gobierna, los dos siguientes se prepara la reelección y, si hay un segundo mandato, entonces el presidente puede impulsar las políticas en las que realmente cree, sin tener que preocuparse por la reelección.

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Huelgas en servicios públicos: máximo beneficio, mínimo riesgo

Barañain

 En el País Vasco  -y supongo que será parecido en el resto de España-, las convocatorias de  huelga de empleadas de comercio textil en torno a las navidades y al comienzo  de la campaña de rebajas  nos recuerdan que, más allá del sector público, la huelga sigue existiendo como instrumento de defensa de intereses de los trabajadores frente a sus empresarios.

 El efecto de ese recordatorio es efímero. La rapidez con que, afortunadamente, las huelgas convocadas en esas empresas privadas se desconvocan  -sea porque se consiguen los objetivos razonables, o porque simplemente se retoman las negociaciones previamente rotas por alguna de las partes, o porque se desiste del paro para evitar males mayores, etc.-, nos devuelve a la realidad del ejercicio de huelga predominante en nuestro país, el que se lleva a cabo en el sector público, que tiene ya poco que ver con el origen histórico y la razón de ser de ese instrumento de lucha sindical.

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El laberinto belga

 Julio Embid

Aunque hoy debería escribir sobre la tregua verificable-permanente-deverdadelabuena-novamosdefarol-palabritadelniñojesús no tengo ganas. ETA aburre. Además de extorsionar, robar, amenazar y meterle fuego a los bienes públicos, ETA aburre con la misma monserga de siempre y como en todos los demás medios van a hablar de ello, yo pienso hablar hoy del país europeo más desgobernado e ingobernable: El Reino de los Belgas. 

Hace justo un año (http://www.debatecallejero.com/?p=1786) escribía en esta misma tribuna un sermón sobre la crisis belga derivada del lío institucional que supone la superposición de administraciones y una ley electoral, que por el momento, permite a todos los ciudadanos votar en igualdad de condiciones, independientemente de cual sea su idioma natal en las afueras de Bruselas. Meses después y tras bizantinos debates acerca de la reforma de la Ley Electoral y de la Circunscripción BHV (Bruselas-Halle-Vilboorde) en abril de 2010 el primer ministro democristiano y flamenco Yves Leterme presentó su dimisión. Y desde entonces llevamos más de 200 días sin gobierno, que ni falta que hace. Dos meses después llegaron las elecciones y enquistaron más el problema, dando la victoria a los nacionalistas de la Nueva Alianza Flamenca (N-VA) en el norte y a los socialistas (PS) en el sur francófono.

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La difícil transición del PSOE

Millán Gómez

A estas alturas del partido parece más o menos previsible un batacazo socialista en las elecciones generales de 2012. A ningún ciudadano le queda la menor duda de que de celebrarse hoy unos comicios, los resultados socialistas serían muy negativos. Todo esto con el agravante de que el principal partido de la oposición presentará como candidato a un dirigente perdedor que, siendo condescendientes con él, digamos que tiene poco carisma. Ante la actual debilidad socialista, miembros del PSOE ya se estrujan la cabeza ante una posible sucesión al frente del partido. La situación es enormemente compleja pero igualmente inevitable llegado el momento. Los socialistas deben centrar sus esfuerzos primeramente en sacar al país de la crisis y, desde el punto de vista electoral, plantearse objetivos cortoplacistas, es decir, las elecciones locales y posteriormente las generales. Independientemente de esto deben dedicarle cierto tiempo a reflexionar sobre los errores cometidos y analizar quién y quiénes deberían pilotar la nave si, como todo parece indicar, Zapatero está ante su última temporada como Presidente del Gobierno.

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Otra especie

Lobisón 

Una de las herencias más complicadas que ha dejado el ciclo conservador es una gran arrogancia intelectual entre los economistas, incluso los políticamente progresistas. Se pueden poner algunos ejemplos, sin necesidad de citar nombres, de cómo un buen profesional de la economía puede hablar y escribir como si de hecho perteneciera a otra especie.

Primer ejemplo: diagnosticando la crisis, en noviembre de 2009, se reparten las culpas entre conservadores y progresistas, pues si bien la deficiencia o la falta de regulación explican la crisis de las hipotecas de riesgo y lo que vino después, también habría que tomar en cuenta una política monetaria y crediticia demasiado laxa que sería consecuencia del deseo de hacer posible el crecimiento. El economista no toma en cuenta que la alternativa era el estancamiento, y menos aún por qué.

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