Ni quito ni pongo rey

Permafrost

Hoy pretendía escribir la segunda parte de un artículo anterior, pero mis planes se han visto truncados por la lectura de uno de esos comentarios que, pese a mi acendrada experiencia como pocero de hemerotecas y deshollinador de archivos sonoros, aún me hacen hervir la sangre. Debo, asimismo, añadir dos peticiones de disculpas. La primera, porque me arriesgo a suscitar su hastío al abordar, siquiera de forma tangencial, el candente asunto de la monarquía. La segunda, porque éste será, con diferencia, mi artículo más insufriblemente largo hasta la fecha. Mi única defensa, en cuanto al primer punto, consiste en que no entro en valoraciones sobre la institución o su tratamiento, sino que me limito a señalar ciertas incoherencias periodísticas, en la línea de mis monotemas particulares. La explicación en cuanto al segundo punto es bien sencilla: incluyo, como anexo, un texto escrito por mí hace ya más de un año y que procede recoger ahora. Contra la sobredosis de Permafrost, basta con abandonar la lectura en cualquier momento.

Hace tiempo leí la triste historia de un soldado japonés que, tras la derrota de su país en la Segunda Guerra Mundial, abatido y desmoralizado, escribió una feroz invectiva, cargada de rencor y acrimonia, contra un emperador que, después de haber alentado y bendecido la desastrosa aventura bélica de Japón, era presentado ahora, por esas extrañas exigencias de la Realpolitik, poco menos que como un príncipe de la paz. Esta sensación de incrédula indignación ante la hipocresía descarnada es la que, en contextos menos dramáticos, suelen inspirar las declamaciones de los vulgarmente denominados «bomberos-pirómanos»: aquellos que alardean de la bonhomía con la que supuestamente apaciguan conflictos que ellos mismos soliviantan. Salvando las distancias, por supuesto, estas reflexiones me asaltaron violentamente la semana pasada, al leer una de las últimas excrecencias de Ignacio Villa en Libertad Digital. Que este sujeto sea director de informativos de la segunda cadena de radio generalista del país es la mejor muestra de que, en verdad, otro mundo es posible. Sólo desde una óptica de realidad alternativa o, directamente, extraterrestre, cabe expeler ciertas ventosidades literales sin sufrir un desguace facial inmediato. Sigue leyendo