El gasto social como seña de identidad

Jelloun

Quiero retomar hoy un asunto apenas apuntado días atrás a propósito de la  presentación a los medios de comunicación del proyecto de Presupuestos Generales del Estado para 2008. Entonces,  me hacía eco de cómo el ministro “rechazando el supuesto carácter derrochador del proyecto presupuestario, retaba a que se identificara en las cuentas presentadas ese “despilfarro terrible” augurado por la oposición… Ni rastro de tales cosas, porque –concluía-, esa partida sigue siendo, como el año pasado, el 50,5% del presupuesto consignado”.

Más allá de consideraciones como las novedades fiscales, la  polémica boba sobre la relación de Solbes con sus compañeros de gabinete o, en fin, los intentos del PP de llevar la discusión al terreno irresponsable de los agravios comparativos, en esta ocasión quiero llamar la atención sobre el tono inadecuada o excesivamente “defensivo” con el que, en mi opinión,  sigue abordándose desde el gobierno y su partido el gasto público social a la hora de plantearlo ante la ciudadanía y en el debate político.

Me explico: la defensa de unos proyectos que suponen en sí mismos una modesta aunque cierta progresión social no va acompañada de un “discurso” decidido que legitime ante la opinión ese gasto público. De ahí que se esfuerce el ministro –con éxito, eso sí- en descartar el carácter derrochador del presupuesto y no tanto en defender la bondad intrínseca del esfuerzo en gasto público, por ejemplo. Y menos aún de mostrar la insuficiencia actual del mismo para las necesidades del país. Lo que, para entendernos,  supondría contestar al PP algo así como que “si no quieres taza, toma taza y media”, mientras que, por el contrario, el empeño parece estar en demostrar ante el PP y la ciudadanía que, efectivamente, “apenas hay una taza”, que ya es mucho y que tampoco es para  ponerse así.

Por poner un ejemplo: ha sido noticia estos días –aunque poco resaltada, me temo-, el resultado de un estudio según el cual España pierde posiciones en cuanto a calidad del servicio público sanitario comparado con otros países. Se ha contrastado esta evidencia de nuestro discreto puesto en el ranking  con la anterior creencia generalizada de que ocupábamos puestos de élite en el panorama mundial. Era esa, en realidad, un idea interesada y acríticamente  difundida –por gestores y políticos de diverso signo-, cuyo correlato obvio era que no se podía ni se debía – ¡si tan buenos éramos ya!-, hacer un mayor esfuerzo inversor en ese campo. La realidad es que la sanidad, uno de los pilares del “estado de bienestar” sigue estando necesitada de recursos económicos siendo los actuales notoriamente bajos comparados con los de países de nuestro entorno.

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