Gonzalo Caretti Oria
El mito, el hombre, la leyenda. El guerrillero heroico, o el tirano implacable. No hay términos medios en el juicio de la historia a su figura. El hombre que combatió hasta la muerte los desajustes deshumanizados del capitalismo y que, paradojas de la vida, hoy es el icono por excelencia del merchandising más consumista de la imagen de un rebelde. Todo se funde, algo visceral distorsiona la figura de Ernesto “Che†Guevara. El hombre de las mil luces y algunas espeluznantes sombras. La foto de Korda lo elevó a los altares más paganos, y lo convirtió en la imagen más reproducida después de la de Jesús de Nazaret. Una imagen romántica e idealista que ha sobrevivido a sus propios errores y excesos, no pocos, o mejor dicho, nada triviales.
Errores que en cualquier otra figura, con la mirada crÃtica del siglo XXI, difÃcilmente podrÃamos digerir. Pero la imagen de ése soñador es como un encantamiento en blanco o negro, sin grises. El idealista que entrega su vida por una causa, por lo demás, noble y justa, pero que en su empeño roza un fundamentalismo a veces inhumano. Algunos rescatan el maquiavelismo para esconder esos errores, los de las sentencias de muerte y los juicios sumarÃsimos a enemigos ya vencidos. La suya es la imagen del exigente espÃritu entregado y completamente honrado, pero demasiado severo para entender que no todo el mundo tiene su misma entrega, y que en cualquier caso, la sentencia a muerte nunca es una opción.
Hacer justicia con Guevara es aceptar que no todo son sombras, ni todo son luces: supone rescatar de la crÃtica partidista sus grandes aportaciones a la historia de la justicia social, pero también poner en la balanza esas decisiones tan duras e incluso crueles. Su causa, la de toda América Latina era necesaria, pero los fines no justifican todos los medios.